Tres Panteras Negras y un bebé en Corea del Norte

Hace 50 años, Eldridge y Kathleen Cleaver llegaron a Pyongiang en busca desesperada de apoyo en su lucha fratricida.

En el fondo y en la esencia, la historia de los Panteras Negras en Corea del Norte se podría contar como una tragedia amorosa sacada de la mitología antigua. Kathleen y Eldridge Cleaver y Huey Newton habrían de repartirse los papeles de Juno, Hércules y Júpiter, empeñados en los celos y en la autodestrucción pese a emplear un discurso de emancipación y libertad.

La prueba está en un texto que Kathleen Cleaver escribió tras el asesinato de Huey Newton en 1989 en The Village Voice. Allí, la activista recordaba las circunstancias en las que conoció a Newton. Kathleen, en esa época, era la novia locamente enamorada de Eldridge Cleaver, un goliat negro, grande y viril, locuaz y apasionado, alegre y carismático pero también brutal y chapucero en su lucha contra el mundo. Un perfecto macho alfa cuya vida cambió al cruzarse con Huey Newton, al que Kathleen describe como otro «hombre extraordinariamente atractivo». No tan fuerte como Eldridge pero famoso por su valor en la lucha física, Newton era mucho más sofisticado intelectualmente. También era encantador y refinado en el trato, y tenía «una piel suave y un pelo casi pelirrojo» que lo hacían inconfundible… Eldridge y Newton fueron los mejores compañeros en los años de esplendor del Partido de las Panteras Negras. Después se convirtieron en enemigos mortales. No es difícil intuir lo que había de vanidad en su rivalidad. Kathleen, que se casó con Eldridge y luego se separó de él pero que defendió su figura hasta en los momentos más embarazosos, sostiene que su pelea fue alimentada con trampas por el FBI. Puede que tenga razón o puede que sea la paranoia típica de los años 70.

VERANO EN COREA
Hace ahora medio siglo, Kathleen y Eldridge Cleaver, su hijo Maceo, su colega Elaine Brown y otros cinco revolucionarios estadounidenses pasaron el verano en Pyongiang, en una huida hacia adelante a la desesperada. Los Panteras Negras llegaban desde Argelia, el país que había acogido a 24 de sus miembros cuando Cuba se los había quitado de encima. En Argel, los Panteras Negras habían sido recibidos como estrellas del antiimperialismo, pero su posición era compleja. Los Cleaver, ya enfrentados con la línea oficial de los Panteras Negras, no tenían más poder que unos reyes en el exilio. Estaban lejos de su campo de batalla y no tenían vías de financiación claras. El Frente de Liberación Nacional argelino les había dado estatus diplomático y les había cedido la antigua villa de un pied noir huido como sede, pero los Panteras no encajaban en el modo de vida de la ciudad. Cleaver y compañía, escandalosos y mujeriegos, provocaban problemas en un país que se debatía entre la piedad musulmana y la austeridad revolucionaria.

Hay más: Elaine Mokhtefi, la estadounidense entonces empleada por el Gobierno argelino como interlocutora de los Panteras, cuenta en sus memorias, Algiers, capital of the third world, que Eldridge Cleaver fue el principal sospechoso del asesinato nunca aclarado de dos panteras negras en Argel. Un asunto de celos, explica Mokhtefi. No tiene nada de rara esa sospecha: Cleaver fue un violador condenado y confeso en sus memorias, Ice and fire y en varias ocasiones se refirió al papel de las mujeres revolucionarias como el del necesario alivio sexual de los guerreros. «Pussy power» era la frase que empleaba en esas ocasiones.

Eso no significa que Cleaver fuese estúpido ni que ignorase el callejón sin salida en el que se había metido hacia 1969. Huey Newman, después de pasar cuatro años en la cárcel, había salido a la calle y había retomado la dirección del partido. Con Newman, los Panteras Negras iniciaban un camino de desmilitarización al que Cleaver se refirió con desprecio: «Babilonia está tranquila, los cerdos respiran. ¿Por qué? Porque los Panteras Negras se dedican a dar desayunos a los niños en vez de empuñar las putas armas».

¿Qué podía hacer ese Partido de las Panteras Negras en el exilio? En busca de un papel que interpretar, Cleaver se jugó la carta de la internacionalización de la lucha. El activista, disidente entre disidentes, decidió vender su carisma a los estados revolucionarios que en el mundo pudieran pagarle. En 1969 dio una primera gira por Asia. Estuvo en China y en Vietnam del Norte, donde hizo radio (animó a los soldados negros estadounidenses a que volvieran sus armas contra sus oficiales), y después llegó a Corea del Norte a hablar en un congreso de periodismo antiimperialista. Aquel primer viaje fue una toma de contacto. De vuelta en Argelia, el embajador de Pyongiang invitó a los Cleaver a una cena oficial donde les animó a hacer una visita más larga.

La delegación llegó a Corea del Norte en junio de 1970. Kathleen, embarazada, fue enviada a una casa junto al lago de Changsuwon, un balneario de descanso para las élites norcoreanas. Mientras, Eldridge y Elaine Brown recorrían el país o, más bien, los escenarios idealizados construidos para sus ojos.

El viaje tuvo un sabor agridulce. Eldridge y Elaine se prestaron a ser los altavoces de la propaganda norcoreana. Elaine dijo que Corea del Norte era «el paraíso socialista», y Eldridge explicó que hacía suya la ideología juche, la interpretación del marxismo-leninismo norcoreana. ¿Había cinismo en sus palabras? Puede que Elaine Brown fuese un poco ingenua al idealizar la aparente prosperidad y pulcritud del escenario que desfilaba ante sus ojos. Sin embargo, Elgridge sí que hizo un papel de invitado complaciente y adulador. Después, en sus memorias, se quejó del trato impersonal de los funcionarios norcoreanos, tomó nota de la incomodidad que causaba su actitud de bestia sexual y lamentó que nunca llegara a ser recibido por Kim Il Sung. Algunos dirigentes de alto nivel despacharon con él, pero el amado líder eludió a los Panteras.

Mientras, Kathleen tuvo en su retiro de Changsuwon a su segunda hija, Joju Younghi Cleaver, que hoy es una profesora universitaria, como su madre y en cuyo pasaporte pone «Lugar de nacimiento: Corea del Norte».

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