Galileo y el sentido común

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Galileo y el sentido común

Galileo y el sentido común

La comunidad científica en general y el ámbito de la física en particular cuentan hoy con un enorme motivo de celebración: el 450 aniversario del nacimiento del prohombre italiano Galileo Galilei (Pisa, 15 de febrero de 1564 – Arcetri, 8 de enero de 1642). Así que en esta ocasión, toca hablar un poco de ciencia. Ya sabéis, esa chufa que no da a la gente de a pie absolutamente ningún ingenio práctico, resulta tremendamente difícil de entender y para colmo, establece conclusiones verdaderamente evidentes; de sentido común, vamos.

El problema del sentido común, aquello que poca gente parece plantearse, es que actúa a posteriori. Demasiados hallazgos científicos se menosprecian en nombre del sentido común, pero se hace sólo después de que los profesionales de turno hayan presentado unas conclusiones creadas a partir de su meticulosa y rigurosa labor. Todo parece una bobada, una trivialidad, justo después de haberse descubierto, ¿verdad?

Por ejemplo, es de sentido común que una lámpara movida por una corriente de aire tardará más tiempo en completar una oscilación amplia que en oscilar siguiendo un arco más corto. No obstante, durante una homilía celebrada en la catedral de Pisa, Galileo se dedicó a medir, valiéndose de los latidos de su corazón, estos tiempos y comprobó que eran iguales para gran cantidad de arcos de oscilación. La ley de la isocronía del péndulo dio lugar, entre otras cosas, a una medición precisa, sencilla y, por tanto, revolucionaria del tiempo. Y a unos relojes la mar de monos.

Galileo y el sentido común

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También parece de sentido común el que un objeto pesado, soltado libremente, caiga más deprisa, por acción de la gravedad que un objeto ligero. Al fin y al cabo, todos tenemos claro que los martillos llegan antes al suelo que las plumas, ¿verdad? Pero nadie antes de Galileo pensó que la resistencia del aire aplicada a las diferentes superficies de los objetos podría tener algo que ver en el asunto.

Cuenta la leyenda que con el fin de equilibrar el efecto del aire, Galileo construyó dos bolas de idéntica forma, pero distinto peso: una estaba hecha de hierro macizo y la otra, de madera. Cargado con ellas, el científico subió a la torre de Pisa y las dejó caer. Evidentemente (o tal vez no tanto), ambos objetos se estrellaron contra el suelo al mismo tiempo. Había quedado demostrado que la gravedad terrestre actúa por igual sobre todos los cuerpos.

Un hallazgo que supuso la primera piedra en el camino que Newton recorrió para formular sus cuatro famosísimas leyes, subsumidas como un caso particular dentro de un modelo más general por el trabajo que Einstein llevó a cabo varios siglos más tarde. Esta rama de la física, abierta por Galileo ha permitido, entre muchísimas otras cosas, poder poner la bala donde ponemos el ojo, construir cohetes y mantener en órbita satélites artificiales que nos brindan un amplísimo abanico de canales digitales de televisión o la posibilidad de saber dónde estamos, merced al posicionamiento GPS.

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¿Y qué podría haber más puramente de sentido común que la evidencia de que la Tierra permanece siempre quieta y todo lo demás: Luna, Sol, estrellas y planetas, gira en torno a ella? Si además musculamos esta verdad gordísima con anabolizantes tan potentes como Aristóteles o La Santa Biblia, pocos se atreverían a enfrentarse con el culturista resultante. Aristarco, Copérnico y algún loco similar.

Sin embargo, gracias al telescopio, otro de los inventos revolucionarios de Galileo, construido a partir de vagos rumores procedentes de los Países Bajos, el científico italiano pudo mirar, nunca dejor dicho, más allá. Si Júpiter tiene cuatro pequeños objetos orbitando a su alrededor, no es verdad que absolutamente todo gire en torno a la Tierra. Si Venus tiene fases y, además, cambia de tamaño durante dichas fases, entonces no es verdad que gire alrededor de la Tierra, sino alrededor del Sol. Si los movimientos de las manchas de la superficie del sol indican que su eje está inclinado y suponemos además, que el Sol gira alrededor de la Tierra, entonces tendríamos que aceptar que el sol no sólo realiza dos movimientos distintos, sino además, según dos ejes distintos, para explicar el baile de las manchas. La cosa se presenta más sencilla si aceptamos simplemente que la Tierra gira alrededor del Sol.

Como es natural, nuestros amigos de la Inquisición amenazaron con reventar a hostias a Galileo antes de matarle si no se retractaba de un modelo astronómico que contravenía el dogma imperante. El cientifico, débil y cansado, se retractó. Pero el paso ya estaba dado. El tiempo dio la razón a Galileo y el modelo heliocéntrico respaldado por sus audaces observaciones, insufló un poco de modernidad en la conciencia científica de la raza humana.

Galileo y el sentido común

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La larga y exitosa carrera de Galileo Galilei dio mucho más de sí, por supuesto. Pero mi intención no es aburriros en exceso, sino haceros reflexionar. Así que me conformaré con añadir que, además del telescopio, Galileo también construyó el precursor del termómetro, descubrió la cicloide y estableció que el aire tenía peso.

Pero, por encima de todo, Galileo fue un gran impulsor del método científico, ese sistema que encuentra en la experimentación un pilar fundamental para la creación de conocimiento. Y como tal, podemos considerarlo uno de los más enconados enemigos de ese sentido común perezoso y despreciativo.
Así que la próxima vez que oigáis decir a alguien lo obvio que resulta eso de que el tabaco provoca cáncer o que todo el mundo sabe que estar gordo viene fatal para las enfermedades del corazón, preguntaos desde cuándo es tan obvio y gracias a quién lo es. Indagad sobre ello. Puede que descubráis cosas muy interesantes.